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Fletcher Chouinard sobre surfear en El Buey

Fletcher Chouinard  /  abril 1, 2021  /  Lectura de 16 Minutos  /  Surfing

Después de haberse debatido sobre si hacer o no este viaje de último minuto desde Ventura, California, a El Buey, en Chile, Fletcher Chouinard confirma que su esfuerzo valió la pena. Foto: Rodrigo Farías Moreno

Nota del Editor: Este relato fue compartido originalmente por Fletcher Chouinard en 2011, con la historia de su viaje desde California a Chile para surfear algunas de las olas más grandes que se han visto en El Buey.

Sábado
Kohl: “Hermano, ¡va a estar graaaaande! Nos vemos en Chile!”

Domingo
Kohl: “Se ve INCREÍBLE! Estoy en Houston. Estaré ahí mañana. ¡Veeeeeen!”

Lunes
Después de almuerzo decido ir. Empaco algo, pero con poco entusiasmo.

Martes
Empaco a las carreras hasta la hora de almuerzo. Compro pasajes en línea. Termino de pintar un busto de yeso de Hanalei Reponty como la Mujer Maravilla para la Fundación Keep a Breast. Empaco más. Desempaco la tabla para towing, el traje de baño y los kites. Vuelvo a empacar. Decido no llevar maleta. Re-empacar, camiseta extra y jeans. Voy a oler pésimo, podría estar frío. Manejo temprano al aeropuerto. Dejo el auto en el estacionamiento exprés, hago el check-in con mis tablas y muevo mi auto al estacionamiento de larga estadía, vuelvo a la terminal, cerveza para calmar los nervios. ¿Estoy hacienda algo torpe y caro? ¿Podrá soportarlo mi tarjeta de crédito? ¿Estará grande de verdad? Mi tabla más pequeña mide 6’8″. Demonios, necesitaría un Fark. ¿Estará demasiado grande? No he surfeado más de una vez al mes desde marzo. ¿Podré remar? ¿Cómo están mis pulmones? ¿Me voy a atrasar mucho con el trabajo? ¿Se va a quedar sin tablas el taller de laminado? 25 horas de viaje para llegar allá… ¿en qué carajo estoy pensando? ¿Valdrá la pena?

Avión
Planchado gracias a un Temazepam. Ya pasaron siete horas. Desayuno/película.

Lima
No recuerdo haber cambiado de avión pero es lo que debe haber sucedido.

Avión
Segundo desayuno (peor).

Buenos Aires
“Pasajeros en transito a Santiago por favor mantenerse a bordo del avión”. OK, Me quedaré sentado. MIERDA ¡Ahí van mis tablas! ¿Por qué descargan mis tablas? Apuesto que las volverán a subir cuando vuelvan a cargar el avión.  

“Señor Choweenard? Usted está en otro vuelo, que está abordando en este momento en la Puerta 7”. ¡Oh *#%& !

Avión
Película. Sándwich de mantequilla y jamón (¿estamos en 1963?). K.O.

Santiago
Recojo las tablas, aduana, arrastro las tablas hasta la zona de embarques. “Señor, por algún motivo su pasaje a Arica ha sido cancelado. ¿Perdió su conexión?” ¿En serio? Qué curioso, porque aquí estoy… “Que bueno que llegó 5 horas antes. Si no, estaría en problemas”.

Estrés. Hamburguesa, cerveza, cerveza, cerveza. Me pongo a pensar lo raro que es que le estoy enviando mensajes de texto a mi compadre en Melbourne sobre el juego de los SF Giants que estoy viendo en vivo en un bar en Chile. Si el mundo es tan pequeño, ¿por qué cuesta tanto llegar a cualquier parte?

Twiggy, Ramón, Healy y Greg Long entran al terminal. Tienen las tablas de Kohl pero no está Kohl. Twiggy dice con indiferencia, “Sí, en verdad creció hoy. Nos corrimos un par”. Healey piensa que vengo de una misión y quiere saber si tuve éxito el primer día de marejada. Se siente bien que asumiera eso. Le digo que no, que voy a Arica con Kohl. “¡Oh! Va a estar GRANDE! Vas a tener suerte. ¡Nosotros vamos a Perú!”. Me empiezo a poner nervioso, los mejores surfistas del mundo están impresionados con este swell…

Kohl aparece, “¡Esta graaaande hermano!”. Me explica que tiene que ir a la ciudad a recoger una tabla nueva porque había roto su 10’6″ esa tarde (una de 3.25” de grosor con 3 x 4oz. en el deck y 4 x 3oz. en el bottom). Healey también rompió una tabla nueva y Ramón había quedado sumergido sin poder salir como nunca antes en su vida. “¡Mañana va a estar TREMEEEEENDO!” Genial… cuidado con lo que deseas. Rodrigo, el fotógrafo, me muestra algunas fotos del día en su cámara digital. Se ve complejo, movido, con olas de 15 a 18 metros y la mitad de las fotos son pagones. Ayayaiii. Este no es el swell veraniego del hemisferio sur con el que estoy familiarizado.

Avión
Planchado nuevamente. Ya no puedo leer sin quedarme profundamente dormido. ¡Bam! El aterrizaje me despierta. Es la 1:30 a.m. en Arica. Nos subimos a un bus y anduvimos por 20 minutos a través de lo que solo puedo describir como un paisaje post apocalíptico en marte. Ni un atisbo de pasto o arbustos. Llegamos al hotel y ni bien me bajo de la van siento como si hubiese agua de mar en el aire. Está ruidoso, muy ruidoso. Se distingue el tronido de diferentes olas a medida que van rompiendo.

2:30 a.m.
Estoy en la cama pero el marco de la ventana cruje y cada 15 minutos el reventar de una gran ola activa la alarma de un auto. ¡Necesito dormir!

¡Bip, bip, bip! Mi despertador suena a las seis. Aún está oscuro. Nos vestimos y bajamos al café. Antes de darme cuenta qué estoy haciendo me tomo dos tazas de café negro muy malo, unos bollos, jamón, queso, fruta y yogurt. Me siento malito. Kohl dice que está bien, porque estaremos afuera por cinco o seis horas y necesitamos combustible.

Afuera se pone gris y salimos al patio. Está nublado, glass y perfecto. Hay viento offshore y una ola en A cuyos tubos van hacia ambos lados. Parece de … ¿3 metros? Siento una extraña sensación de decepción.

“Hey Kohl, ¿de qué tamaño es eso? No sé qué tan lejos está”. No hay textura en el agua, por lo que no hay forma de juzgar a la distancia.

“Es REALMENTE grande, la más grande que he visto. ¡Es perfecta! ¡Salgamos!”

Nervioso de nuevo.

Mi estómago comienza a revolverse mientras me preparo. El miedo crece progresivamente. Demasiado café. Entro por la ventana con mi Mavericks 9’6″ y salgo hacia la punta. ¿Esto de verdad está pasando en un swell sur? El espacio para remar hacia afuera es una pequeña abertura entre las rocas que queda totalmente expuesta a un pagón de 3 metros tipo los de Teahupoo, de donde no podrás salir aún entre sets. Desde ahí, no hay donde más ir a lo largo de la punta, y pasada la abertura la corriente empieza a arrastrarte a una sección con rocas volcánicas y hacia el ridículo malecón recientemente construido. No hay manera de evitar el azote si fallas con los tiempos.

Fletcher Chouinard sobre surfear en El Buey

No hay nada gentil o que te haga sentir bienvenido en El Buey cuando muestra todo su potencial. Arica, Chile. Foto: Rodrigo Farías Moreno

La ola en sí misma está fuera de la punta, mar adentro, rodeada de aguas calmas. Si le metes velocidad, puede que logres llegar con el pelo seco a las aguas más seguras que están entremedio. La estudiamos como dos minutos antes de que Kohl rompiera el silencio abruptamente y dijera, “Okey, se ve bien” (en verdad no) y corriera hacia el canal inundado de aguas blancas. Vacilé por un segundo, con los ojos puestos en la oscura línea del set que se aproximaba, pero rápidamente termino siguiéndolo por el miedo a tener que hacerlo solo. Hay olas más grandes de las que he visto en cinco meses, chupándolo todo y reventando en la parte de afuera de la abertura, pero es un tema de perspectiva y esto aún no es un set, así que vamos.

Entrando. Paso las olas haciendo la tortuga una, dos, tres veces bajo las aguas blancas y alcanzo a tocar una izquierda de doble altura sobre mi cabeza que se ve extrañamente perfecta, justo antes de que chocara contra el banco y explotara en el aire. ¡De seguro nos habría destrozado!

A salvo. No hay nadie al rededor. Nadie en la ola, nadie en la playa, ni remando, ¡nadie en ninguna una parte! La ola ahora se ve como de 4,5 metros y ávida de demostrar su energía. Perfecta, ¡pero pesada!

Remamos conservadoramente lejos y Kohl me muestra dónde habían estado sus lineups en el pasado, los que parecen no ser apropiados para este tamaño. Está por sobre los 4,5 metros pero tengo la leve sensación de que aún no he visto un set. No tengo idea si estamos muy lejos o no lo suficientemente aún. Nos quedamos flotando ahí, dejando que unos swells enormes nos pasen por debajo y exploten ruidosamente a unos 45 metros. Kohl se aburre y se va adentro. Elige una y sale trasquilado. Con las dos siguientes logra llegar al canal. Empiezo a sentirme como un cobarde cuando un set REAL empieza a entrar. Apenas alcanzo a llegar cuando Kohl desaparece bajo la ola más grande que he visto desde febrero (2010), en Mavericks. Está grande, realmente grande. Barajo mis opciones y me doy cuenta de que si me agarra una grande me va a zamarrear hasta donde la ola se forma de nuevo y hasta ahí llegó mi día. Imposible que logre salir. Si se me corta el leash, no volvería a ver mi tabla. Mi única jugada posible es sentarme un poco afuera y esperar una grande y limpia, cruzando los dedos para lograrlo.

Es difícil ajustar la velocidad de estas olas, pero tras un par de intentos que no se veían bien y que aborté, logró alinearme una gran derecha exterior, braceo fuerte y me lanzo. Hay un momento de ingravidez justo abajo y luego voy a 1500 km/h. Le doy a un saltito a mitad de la ola que me baja la velocidad pero no me voy de punta como pensaba que iba a ser. Corrijo y hago mi bottom turn antes de llegar demasiado abajo. Miro hacia arriba y veo un edificio de cuatro pisos que se derrumba sobre mí y el giro no sirve para nada. Lo postergué demasiado y ahora pierdo velocidad. Mierda, no lo voy a lograr. ¡KABOOOM! Como un muñeco de trapo bajo el agua. Vuelcos, giros, arriba, abajo… ¿Dónde es arriba? ¿Estoy profundo? Oscuridad. Nadando. Emerjo entre rápidos y espuma. ¡Jadeo! Me chupa nuevamente por un momento. Arriba de nuevo. Viene una ola. No lo voy a lograr. Alcanzo a subir solo unos cuántos metros hacia el canal antes de tener que inhalar profundamente y saltar. Me sumerjo profundamente, ¡no pierdas el fondo de vista! Me alivia que el leash no se haya cortado.

Remando de vuelta al lineup Kohl se ríe de mí, “¡Esa fue una ola bien grande! ¡Pensé que te iba dar duro!”

Y eso… ¿qué fue?

Kohl la está rompiendo. Una y otra vez hace unos backdoors, por debajo del labio, por detrás del boil. Está dando cátedra y tratando de quedar bajo el tubo, cuando yo estoy solo tratando de salir delante de alguna manera. Estoy sentado bien afuera en el mar, preocupado, dejando pasar las olas, no sintiéndome muy bien. Luego veo venir un enorme set desde el sur. ¡Parece que tiene un brazo! Me doy la vuelta y remo hacia la primera ola del set luchando en contra de mis instintos que gritan, “¡Détente!”. Sobre el filo, mirando abajo. Por una fracción de segundo hay un motín mental que me dice que no quiero hacer esto y que no lo voy a lograr. Luego estoy sobre mis pies. Ingrávido, sin fricción. ¡No trates de acomodarte o te vas a resbalar! Se siente como yendo derecho por una pista de esquí en 50 grados y llena de baches, sin posibilidad de controlar la velocidad. Cerca del fondo hago un giro lento, comprimo y suelto. Mis pequeñísimas quads me lanzan por la línea y lejos del alcance de ese gigante guante de baseball que estaba tratando de agarrarme. Me meto al canal casi a 30 metros de la barra donde la ola se forma de nuevo. Me siento motivado.

Fletcher Chouinard sobre surfear en El Buey

Kohl Christensen demuestra el resultado de despegar detrás del boil. El Buey, Chile. Foto: Jean Louis de Heeckeren

Pasan las horas. Estoy promediando una ola por hora. Finalmente, un tipo más joven rema hacia afuera. Parece tan aterrorizado como yo. Me dice algo en español.

“Lo siento, um, no intiendo mucho español. Soy de California”.

“Ah, ehhh, ¡iiits biiig!”

“Sí, tengo miedo”.

“Yo también”.

Nos reímos nerviosos. Luego a Kohl lo agarra un set y desaparece. Una hora antes, había logrado regresar desde donde se vuelve a formar tras remar por un buen rato. Pero da la sensación de que no va a volver esta vez.

“¿Tuuuuu amigo murió?”

“No, está bien, es de Hawái”

“Ah”.

Es gracioso como eso es todo lo que hay que decir.

Solo quedamos los asustados. No logro relajarme ni agarrar el ritmo por las olas monstruosas que revientan a intervalos irregulares. De tanto en tanto se ve una línea oscura en el horizonte hacia el sur, justo al pasar los enormes acantilados que se zambullen en el mar desde el yermo desierto. Me tomaría unos segundos arañar la superficie y pasar sobre ellos en dirección a la Antártica por el miedo a la muerte… bueno, eso no es verdad. Sé que puedo hundirme profundo y (probablemente) lejos del peligro, pero no hay forma de que mi leash aguante y es una nadada bien mala.

Luego, inexplicablemente, sucede. Como si estuviese hipnotizado, me doy la vuelta para enfrentar una de las olas más grandes de toda la mañana y voy por ella. Me deja entrar relativamente fácil y me encuentro volando sobre la ola más grande que haya corrido en mi vida. Loquísimo. Me pierdo al tratar de describir la excitación y el impulso aparentemente imparable sin empezar a hacer unas metáforas horribles llenas de clichés (aunque se convertiría en una experiencia muy diferente si me cayera). Pienso en seguir derecho hacia afuera y luego ir por una cerveza, pero las consecuencias parecieran ser demasiado grandes. Me salgo con un salto por sobre un gran brazo justo cuando el interior empieza a agarrar volumen, grande e inmanejable. Buena decisión. Logro #1. De vuelta al lineup.

Tres equipos de tow-in hacen su aparición y se preparan en el canal. Se ven ridículos. Trajes neón con más cosas neón encima, chalecos salvavidas neón y cascos para aguas blancas sobre todo eso. Uno tiene una línea blanca como de guerrero debajo un ojo. Muchos de ellos a penas surfean. Las motos dan giros en 360º alrededor del lineup gritando y silbando. Todo lo que están haciendo es adelantarse a los brazos. Ni siquiera están tratando de entrar al foso, ni qué hablar de agarrar un tubo. Uno de ellos pierde su tabla, que desaparece en el olvido, y exige otra de alguien del equipo como si fuera el que manda. El resto se mete al tubo y dejan al perdedor sentado en el canal, a 400 metros de la costa, sin posibilidad de entrar. Estoy asqueado y quiero salir, pero en este momento no puedo tomar una ola sin que me atropellen.

Con Herman, quien hundió su tabla en la primera ola que remó y quedó atrapado dentro, nos dejamos claro el uno al otro, a pesar de la barrera del lenguaje, que ya habíamos tenido suficiente y que ninguno quería ser el último en quedar ahí solo. Le pregunto cuál es la mejor forma de entrar, pero él solo se limita a apuntar vagamente hacia la Ensenada interior que queda entremedio de un acantilado de rocas y el nuevo malecón, y se encoje de hombros. Aparentemente es de Iquique, a casi 500 kilómetros al sur, solo ha surfeado aquí un par de veces y nunca tan grande—una opinión que se repetirá múltiples veces en varios surfistas más tarde.

Nos sentamos más adentro y ambos corremos unas olas más pequeñas. Me pongo sobre el estómago a medida que la mía se va desvaneciendo y logro meterme justo por donde la ola se forma de nuevo durante una pausa. En la calma, me siento a descansar sobre la tabla, aún lejos de la costa. Parece que se está poniendo aún peor allá adentro y estoy rodeado de aguas blancas, pero pareciera que estoy en un lugar profundo y seguro. Luego me doy cuenta de que estoy siendo arrastrado fuera de la fosa donde la ola se vuelve a formar. Al mismo tiempo, hay un enorme set exterior en camino y no hay forma de que pueda entrar, o salir, a tiempo.

La primera ola del set pasa de largo, muere y se reconstruye en el segundo arrecife. Remo para alejarme de ella lo más rápido posible para que no me de en la cabeza, es de triple altura y viene drenando agua del arrecife por 90 metros a cada uno de mis lados. ¡Bum! Rompe a 4,5 metros. Quiero salir de ahí, así que decido agarrar mis cosas y cubrir la distancia en lugar de sumergirme muy profundo en busca de seguridad.

Hundo mi cabeza en el agua y vuelvo a salir. Hay una energía y una violencia asombrosas. Libra por libra, esto es peor de como estaba afuera en el peak principal. Vuelcos, giros, oscuridad. Descomprimo. Profundo. ¿Dónde está la superficie? Toco fondo. Ahora sé dónde estoy pero no sé qué tan lejos. Me empujo fuerte, tratando de llegar a la superficie. ¿Dónde está? Los pulmones quemando. ¡Luz! Mis labios salen a la superficie pero soy arrastrado nuevamente. Tomo una bocanada de aire pero no acabo de exhalar. Fuerzo el aire una y otra vez tratando de absorber un poco de oxígeno no utilizado. Está más bajo aquí. Vuelcos, arrastres, rebotes a lo largo del fondo de roca. No puedo levantarme. Trepo por el leash hacia la superficie. Los brazos me hormiguean y no están funcionando bien. Me siento sobre la tabla en un extraño arroyo de espuma justo a tiempo para caer en un drop de medio metro y quedar noqueado nuevamente.

Estoy a la deriva más allá del malecón, camino a los acantilados y a unas enormes estructuras que protegen la carretera. Remo como puedo por 15 minutos en contra de la corriente, tan duro que si hubiera perdido mi tabla la habría reciclado en el mar abierto en cuestión de minutos.

Tierra firme. Oh sí. La mejor sensación de la vida. Caminando por la playa, un hombre con casco corre a informarme que la Armada chilena ha cerrado el océano por los próximos cuatro días y que están patrullando para mantener a las personas y los botes fuera del agua.

Cuando vuelvo a la punta algunos surfistas están en el estacionamiento frente a la abertura: Herman de Iquique, el tipo que administra el hostal local, el campeón nacional argentino y un par de otros tipos que Kohl conoce. Sacuden sus cabezas riéndose de nosotros.

“¡El mejor día de la vida!”

“¡Las olas más grandes que hemos visto aquí!”

“¡Primera vez en 15 años que estaba demasiado grande para mí como para remarla!”

Alguien me muestra una foto mía en mi ola más grande y todos se ríen de mi expresión. Cerveza.

Miércoles
Se supone que está más chico pero aún suena grande. Nos levantamos con frío y cansados. Menos desayuno que ayer, pero igual caigo en la trampa del pésimo café y un pomelo. ¡Idiota!

A través de la bruma, me impresiona que aún está casi tan grande como ayer. Eso sí, es diferente, más armada, más tubular y ahuecada. ¡De nuevo está perfectamente glass! La ola de acceso está más grande pero la tomamos con precisión y salimos secos. El agua está mucho más fría que ayer y me gustaría haberme puesto los botines.

Desde el comiendo estoy con problemas. Está bien cambiante y ahora hay dos spost para hacer el take-off. La corriente me tira hacia adentro y hay unas izquierdas enormes que empujan a través del take-off hacia el pico principal de ayer. Kohl está a mi lado, silbando y gritando. Está haciendo backdoors en las derechas, empujando y navegando a través de largas izquierdas ahuecadas en la parte del frente—unos tubos de 4,5 metros tipo los de indo por casi 200 metros.

Fletcher Chouinard sobre surfear en El Buey

A veces, llegar abajo es la parte fácil. Kohl Christensen aplica un poco de presión en la cola de la tabla antes de quedar atrapado bajo el labio. Foto: Bruno Veiga

Corro una derecha mediana y pago en las próximas tres. Sigo dándole a un bache en la parte superior que le quita velocidad a mi inercia en el último segundo, luego estoy vertical y cayendo hacia el centro de la tierra. Tomo unas por aquí y por allá por al agarre como de gecko de las quillas quad, pero llegan tarde. Me baja la timidez y el cansancio, dejo pasar algunas olas buenas. Kohl me dice que estoy tratando de hacer el drop en la sección del tubo y que necesito partir más profundo, “Parte de atrás del boil!”.

Voy más profundo y remo una grande. Se ve bien, me deslizo, voy a levantarme y empiezo a perder velocidad. Ahora sí que llegué tarde. Impulsado por ese estúpido lavado de cerebro que te hacen cuando chico de puedes hacer cualquier cosa si de verdad te lo propones, doy un par de braceadas más y casi asomo la punta por el filo. ¡Fuá! Hay solo aire. La ola ya está cóncava para cuando me pongo sobre los pies y ahí voy cayendo. Me azoto a mitad de la ola, justo ahí abajo, y no penetro en el agua. Estúpidas bolas no-hidrodinámicas. El labio aterriza sobre mí y me caigo, luego me agarra la lavadora. Cuando salgo me quedo flotando. Ni siquiera hago el esfuerzo de llegar al canal, luego me atrapan dos olas. No me siento bien.

Para entonces, el campeón argentino y un local están sentados en el canal. Me dice que me gritó que no fuera, pero que yo no podía oírlo por el gorro de mi traje. Kohl y yo cambiamos de tabla para comparar pero puedo darme cuenta de que la suya es demasiado ancha y gruesa para mí. En las próximas dos olas hago bodysurfing por la cara de la ola tras fallar en el giro—uno de los cuales en verdad me sacó del camino del labio y hacia el brazo. Estoy teniendo una mañana bien ruda.

Las motos de ayer hacen su aparición y le pregunto al local cuál es la forma más fácil de entrar. Me dice que vuelva a entrar por la abertura. Oh. Tomo una ola más en la tabla de Kohl, remo a la abertura y salgo a la arena sin siquiera mojarme el pelo. Logro #2.

Esa noche, tomando unos piscos, hicimos unas notas para el quiver perfecto para olas grandes y revisamos las imágenes. Nos dimos cuenta de que me estaba parando demasiado temprano y que tenía que dar al menos 4 u 8 braceadas más hacia abajo antes de dar el salto. Había asumido, inconscientemente, que tenía que estar sobre mis pies para pasar sobre el borde. Los próximos días estuvieron más chicos, lo que nos dio tiempo para relajarnos, comer y escribir.

Lunes
Creció de nuevo. Resulta que si le pones potencia a través del take-off y no te da miedo pararte en la mitad de la cara de la ola, el drop es en verdad mucho más fácil. Llegas más abajo de la repisa antes de que retroceda su parte delantera. Corrí casi todas las olas y me metí en el tubo más grande en el que he estado. Me aplastó al final, pero la vista fue increíble, ¡una cueva enorme! Logro #3.

Ese día volé a casa. Me fui por un total de seis días pero pareció como un mes por la cantidad de olas que corrimos. Tuve un buen impulso para comenzar con el proceso de I+D para los guns de este invierno y volví con una tonelada de nuevas ideas y ajustes en los cuales trabajar. Pensé en las aprehensiones que experimenté al decidir si hacer o no este viaje y concluí que, SIEMPRE vale la pena.

–Fletcher Chouinard

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