La belleza en lo pequeño

Rachel G. Clark  /  Lectura de 3 Minutos  /  Our Footprint

El cultivo de algodón orgánico, un trabajo duro e incierto, representa menos del 1 por ciento de la producción de algodón de EE.UU. Para esta familia es una vocación, justamente por eso.

De pie junto a su padre, Jerry, y su hijo, Logan, Aaron Vogler posa en la tierra que su familia ha cultivado orgánicamente por tres generaciones en High Plains, al noreste de Texas. Foto: Giles Clement

Aaron Vogler (34) no quería ser agricultor. “En comparación con los trabajos de verano de otros niños, era duro estar en el campo”, cuenta en su modo reservado. “Pero creo que fue bueno estar ahí con mis padres y mi hermana. Éramos miserables juntos”. El año 2000 dejó la granja que su familia había trabajado por tres generaciones para ir a la universidad, con la intención de dedicarse a la banca. Sin embargo, para su sorpresa, regresó en 2004 y nunca se fue. “Podré dejarlo más adelante, pensé, pero nunca lo hice”, dice mientras se encoge de hombros. “En algún momento, no me pareció tan malo como lo recordaba”.

En las High Plains, al noroeste de Texas, los largos y calurosos veranos marcados por tormentas de lluvia dan paso a inviernos cortos, fríos y secos; resulta ser un clima excelente para el cultivo de algodón. Y los extremos parecen haber endurecido también a los que trabajan esta tierra, volviéndolos humildes y serenos. Al igual que Aaron, sus padres, Jerry y Darlene Vogler, se sorprendieron de que volviera para quedarse, pero también se sintieron aliviados. “Pensamos mucho en ello”, dice Darlene. “¿Qué pasaría si Aaron no cultivara esta tierra? La mayoría de los agricultores no están preparados para cultivar como lo hacemos nosotros”.

Los Vogler son una de las pocas familias que ayudaron a establecer una pequeña cooperativa de agricultores orgánicos llamada la Cooperativa para la Comercialización del Algodón Orgánico de Texas (TOCMC por su sigla en inglés) a principios de la década de 1990, cuando Patagonia inició la transformación para usar solo algodón orgánico. Comenzando de a poco, pero trabajando juntos y sumando sus números, la cooperativa ha podido aumentar su rendimiento anual de 3.000 a 10.000 fardos. 2021 comenzó con 35 pequeños productores familiares pertenecientes a la cooperativa, cuyas tierras van de las 6.800 a las 8.010 hectáreas. Las familias de la cooperativa han ayudado a mantener esa cantidad menor al 1 por ciento del algodón que se produce orgánicamente en los Estados Unidos en la actualidad, incluso cuando la mayoría de sus vecinos en el Cinturón del Algodón de Estados Unidos todavía cultivan con los métodos convencionales para el algodón. “Somos peces pequeños en un gran estanque”, dice Darlene.

La belleza en lo pequeño

La granja de la familia Vogler ha estado produciendo algodón orgánico desde comienzos de los 90. Foto: Giles Clement

El cultivo de algodón convencional utiliza pesticidas sintéticos que pueden dañar a las personas que trabajan la tierra, degradar el suelo y contribuir a la pérdida de su capa superficial. El cultivo de algodón orgánico tiene como objetivo trabajar con la naturaleza en lugar de contra ella y descansa en métodos de cultivo más tradicionales, como el uso del azadón. Si bien evitar los productos químicos nocivos suele ser una motivación, la promesa de seguridad financiera es lo que lleva a muchos agricultores a lo orgánico. Una vez certificados, pueden vender la cosecha con un precio premium. “Creo que lo que espero es que si en algún momento lo convencional no paga las cuentas, considerarán otras formas”, dice Aaron.

Ir más allá del 1 por ciento de la producción de algodón orgánico sigue siendo una batalla cuesta arriba, pero según los Vogler el cambio comienza con la demanda. Cuando más consumidores estén dispuestos y puedan pagar más por él, más personas estarán dispuestas a cultivar de esta manera. “Creo que las personas que pagan un poco de dinero extra por productos orgánicos están haciendo un pequeño sacrificio por un bien mayor, al igual que nosotros”, dice Darlene. “No estamos ni cerca de cubrir la cantidad de hectáreas de tierra que cubren otros agricultores, pero como ahora podemos permitirnos hacerlo de esta manera, vale la pena el sacrificio. Porque esta es la forma en que preferimos cultivar. Este es el tipo de mundo en el que queremos vivir”.

“Al final de la mayor parte de los días, siento que he hecho algo bueno”, dice Aaron. “La vida es honesta allá afuera. Y poder ver las plantas y el suelo sanos, los insectos a salvo y cómo todo funciona en conjunto y coexiste, es simplemente satisfactorio. Es una buena forma de vida”.

Esta historia fue publicada por primera vez en la Revista de Primavera 2021 de Patagonia.

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