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If we have any hope of a thriving planet—much less a business—it is going to take all of us doing what we can with the resources we have. This is what we can do.

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Donde se hace el trabajo

Jeremy Hunter Rubingh  /  septiembre 22, 2020  /  Activism, Planet

Reflexiones sobre el activismo tras un año filmando Public Trust.

En redes sociales, la defensa de las tierras públicas parece entretenida, como si se tratara de pasar un buen rato en senderos de montaña y a través de los cañones del desierto, o tomarse un té caliente esperando el amanecer recostado en la parte de atrás de tu van. Despreocupado y calientito en tu saco de dormir, instalado en un sitio de camping que llega a ser ridículo de los hermoso. Ah, y no tienes que olvidarte de jugar un poco con el filtro de saturación antes de publicar.

Pero resulta que mucho del verdadero trabajo de conservación se trata de sentarse en largas reuniones de trabajo en salas de conferencia iluminadas con tubos fluorescentes y con pésimo café. Unos calendarios imposibles de cumplir, envuelto en emociones, en conseguir el sustento diario y en un montón de historias complicadas. Personas que resuelven sus diferencias y encuentran formas para avanzar en la protección de algo que todos amamos, la tierra bajo nuestros pies, el suelo, la geología, los bosques, la artemisa, el agua y la vida silvestre. Además, en la mayoría de los casos, todo esto se enreda en las tierras ancestrales de los nativos y sus pasados llenos de dolor. Las tierras públicas de los Estados Unidos, incluyendo las de la Oficina de Administración de Tierras (BLM por su sigla en inglés): sus tierras, bosques nacionales, monumentos y parques nacionales, áreas de vida silvestre, ríos libres y escénicos, las áreas nacionales de conservación, las reservas nacionales de vida silvestre, las riveras de río y orillas de mar nacionales, los senderos escénicos e históricos nacionales y los campos de batalla nacionales, que suman 259 millones de hectáreas de las más queridas, hermosas, salvajes y controversiales tierras en el planeta. El hecho de que estas tierras todavía existan es testimonio de aquellas personas, dedicadas y trabajadoras, que se han unido para protegerlas.

Estas notas, que se tomaron en el curso de un año y medio mientras trabajaba en la producción de la película Public Trust, son una forma de mostrar respeto por esos héroes anónimos que se sentaron en todas esas reuniones y hacen el trabajo de proteger nuestras tierras públicas.

12 de junio, Gwichyaa Zhee, Fuerte Yukón

Estos días son largos en Fuerte Yukón, Alaska, 12.8 kilómetros dentro del Círculo Ártico. De hecho, nunca terminan realmente. Hay un momento bien tarde durante la noche, o tal vez es muy temprano en la madrugada, en que el sol cae a su punto más bajo, la luz que llega en diagonal durante esa hora mágica brilla a través del despeinado bosque boreal, las fucsias y los rosales del ártico que rodean mi carpa. El juego de softball de medianoche ya terminó y la mayor parte de los humanos se han ido a la cama, aunque solo sea por un par de horas. Una quietud que casi puede palparse se hace presente por un instante. Pronto, el día comienza de nuevo con el sonido de la gente que transita en motos de cuatro ruedas, en busca de un café y preparándose para sus quehaceres diarios mientras el sol comienza su sutil ascenso.

Nos estamos quedando en una improvisada ciudadela hecha de carpas a orillas del río Yukón para la primera versión de la Cumbre Climática de los Indígenas del Ártico. Los Gwich’in y los Atabascanos del sistema del río Yukón, los Inupiat de Beaufort Sea y otros representantes tribales y de grupos conservacionistas de todo Norteamérica se han reunido a discutir sobre los drásticos cambios que están sucediendo en el Ártico debido al cambio climático, así como para hablar de la renovada amenaza del desarrollo petrolero en el Refugio Nacional de la Vida Silvestre del Ártico.

En medio de todo esto, Bernadette Demientieff, la directora ejecutiva del Comité de Prioridades Gwich’in, se hace cargo de cada detalle del encuentro, haciendo llamadas desde el pickup de una camioneta en movimiento o trasladando a los mayores y a los charlistas del evento en una moto Honda de cuatro ruedas. Bernadette es alta, esbelta y luce un largo cabello negro. Con poco más de 40 años, cuesta creer que sea abuela. Bernadette es la piedra angular de la resistencia en contra de las perforaciones en el Refugio. Ella siente que sus ancestros, sus hijos y sus nietos, su cultura, los caribúes, el Ártico y nuestro futuro colectivo dependen de ella en este momento.

El refugio, que engloba 7.8 millones de hectáreas, es uno de los últimos ecosistemas árticos saludables en la Tierra. Es el hogar del buey almizclero, de osos polares, osos grizzli, lobos y aves migratorias de los 50 estados de los Estados Unidos. Y es la tierra donde va a parir la manada de caribúes, de la cual dependen los Gwich’in para su caza de subsistencia. La planicie costera, también llamada “1002”, es el área de mayor confrontación, que los potenciales depósitos de petróleo han convertido en una cancha de fútbol política por décadas.

Bernadette le recuerda a todos que el nombre Gwich’in para esta área es “Iizhik Gwats’an Gwandaii Goodlit”, o “El Lugar Sagrado Donde Comienza la Vida”. Los Gwich’in han seguido y cazado cuidadosamente a la manada del caribú puercoespín por miles de años, sin nunca poner un pie en la planicie costera. Ingresar a las tierras de parto es un anatema para la organización Gwich’in tradicional. Estos caribúes aún conforman al menos un 70% de la dieta de los Gwich’in, una relación que se vuelve particularmente importante cuando descubres que insumos básicos como un galón de leche cuestan 15 dólares en el pequeño supermercado de Fuerte Yukón.

Quienes defienden las perforaciones argumentan que la huella de su infraestructura solo impactaría a 809 hectáreas de las tierras de parto. Pero este número no considera los caminos y los cientos de kilómetros de tuberías y líneas de alimentación para las instalaciones del yacimiento petrolero. Los mapas más acuciosos que se basan en los posibles escenarios de desarrollo del BLM muestran que la infraestructura podría potencialmente impactar más de 607 mil hectáreas en la planicie costera. Algunos estudios han demostrado que los caribúes se desvían cientos de kilómetros en su trayecto debido solo a un cruce de carretera.

Este impacto tampoco toma en consideración la posibilidad de que se realicen pruebas sísmicas con gigantescos “camiones golpeadores” de más de 40 mil kilos, antes de que cualquier perforación siquiera ocurra. Esto podría destruir las madrigueras de los osos polares, un hallazgo que la administración de Donald Trump trató de ocultar y fue descubierta con las manos en la masa. La planicie costera contiene la mayor densidad de tierras y madrigueras de osos polares en la nación. Las madres preñadas cavan sus madrigueras temprano durante el invierno y dan a luz uno o dos cachorros en diciembre o junio. Los camiones golpeadores, que sacuden el suelo como apisonadoras gigantes, envían una señal sísmica al lecho de roca y de vuelta al camión para registrar posibles depósitos de petróleo. Esta operación tendría que suceder en los meses de invierno, cuando las madrigueras están ocupadas.

Bernadette y los Gwich’in aquí en Fuerte Yukón son increíbles anfitriones. Cada noche en el salón comunitario, tras compartir una cena de costillar de caribú, filetes de alce, ganso o alguna otra exquisitez provista por los cazadores locales, comienza una fiesta en la que todos bailan al son de los violines tradicionales hasta tan tarde como la capacidad de bailar lo permita. Durante el día, personas de toda la región ártica comparten historias sobre ríos congelados cuyos hielos se están rompiendo prematuramente, lo que hace que los patrones de caza normales se vuelvan más peligrosos. Las personas y los animales están cayendo a través del hielo. Hablan sobre corridas anormales de salmón y ríos llenos de limo. También sobre caminar con sus hijos a la escuela bajo la lluvia, en febrero, cuando debería haber 40 grados bajo cero. Los científicos dicen que el Ártico se está calentando dos veces más rápido que el resto del mundo.

La lucha por el Refugio ha durado décadas, pero la perforación en la planicie costera está más cerca de ser realidad ahora que nunca antes, con la otorgación acelerada de concesiones requerida arbitrariamente para 2021 de acuerdo a la Ley de Reducción de Impuestos y Trabajos de 2017. La senadora por Alaska, Lisa Murkowski, junto a otros miembros del Partido Republicano en el Congreso metieron al Refugio en la ley de impuestos a través de un proceso pocas veces utilizado que se llama “reconciliación de presupuesto”. Vincular al Refugio con la ley de impuestos significa que podría aprobarse con una mayoría simple de 51 votos. El debate sobre la ley de presupuesto consumió tanta atención de los medios que pocas personas en Norteamérica notaron que le habíamos entregado este hábitat fundamental del Refugio Nacional de la Vida Silvestre del Ártico al desarrollo petrolero.

Todo esto parecía muy lejano al vestíbulo del salón comunitario en Fuerte Yukón donde con Bernadette nos sentamos esta mañana mientras observamos a los carboneros y los juncos volar hacia dentro y hacia afuera de distintas variedades de abedul. Ha estado yendo y viniendo desde Washington, D.C. más veces de las que puede recordar, llevando a ancianos y jóvenes líderes Gwich’in a testificar o conversar con los representantes y sus equipos. Algunas de estas personas nunca antes habían estado en una ciudad, no habían visto el tráfico ni habían tenido que usar el transporte público. Bernadette les ayuda en mucho más que solo superar las barreras culturales para ponerlos junto a quienes toman las decisiones y hablar sobre sus tierras y sus vidas. Comprensiblemente, hay mucho temor al hablar públicamente en una audiencia del congreso o en frente de un montón de extraños en los salones de la Comisión de Recursos Naturales, especialmente estando tan lejos de casa. Ella está inspirando, organizando y construyendo la próxima generación de líderes Gwich’in que llevará esta lucha en adelante.

Un miércoles de febrero, Challis, Idaho   

Hay siete rancheros reunidos alrededor de una mesa en un salón de conferencias del Servicio Forestal de los Estados Unidos aquí en Challis, Idaho. Estos rancheros son parte del Central Idaho Rangelands Network, un grupo de nueve ranchos que pastan colectivamente sobre 607 mil hectáreas en lo que es parte de las tierras públicas más salvajes del país. Están aquí para discutir sobre el Plan de Revisión del Servicio Forestal, un proceso colaborativo para trabajar en recomendaciones al manejo del pastoreo en el Salmon-Challis National Forest. Uno de las rancheros, Merrill Beyeler, dueño de Beyeler Ranches en el Valle de Lemhi, ha sido parte esencial en el avance de grandes esfuerzos de conservación.

Después de ver cómo la familia Bundy salió impune en la corte federal tras su desquiciada toma armada de las tierras públicas en Oregón, quería tantear cómo los rancheros de esta parte del mundo ven a las tierras públicas y cómo interactúan con las agencias federales que las administran. También quería ver que hay algo más en la narrativa del Oeste rural-agrícola que esa imagen de unos rancheros adinerados agitando sus ramas y ondeando banderas, clamando por la transferencia de las tierras públicas norteamericanas a los estados y los condados. El conservador centro-norte de Idaho, donde las grandes iniciativas de conservación parecen estar ganado terreno, en lugar de caer en una amarga batalla cultural, parecía un buen lugar para comenzar.

No viajaba con un gran equipo de filmación en ese entonces. Estaba explorando yo solo, durmiendo en mi pickup, cerca de las termas, en carreteras del BLM y el Servicio Forestal en las alturas de la estepa de artemisa donde podía observar los paisajes naturales más salvajes de los estados contiguos. El área silvestre Frank Church-River of No Return, el área silvestre Selway-Bitterroot y algunos atisbos hacia el interior de los corredores de los ríos Salmon y Lemhi. Estas son vastas áreas silvestres conectadas por ríos y arroyos como si fueran costuras que mantienen unido a todo este complejo. En el valle de Lemhi, los caminos de tierra y las líneas de cercos de madera parecen pequeñas a la distancia, dejando que los ojos se dirijan hacia lugares donde la imaginación toma las riendas, donde los bosques oscuros se llenan de misterio y vida silvestre. Las nubes oscuras pasan por detrás de las montañas manchadas de nieve, suaves y accesibles. El enebro salpica las secas colinas de un color caqui hasta donde el valle del río se abre y se hace más plano.

Sentado en el portalón de la camioneta, viendo cómo el polvo se arremolina detrás de un camión de forraje en el rancho de más abajo, comencé a sentir que estaba desperdiciando mi tiempo. No estaba teniendo mucha suerte aproximándome a los rancheros que pastan en las tierras públicas en esta área. Todos estaban muy ocupados con sus animales que daban a luz, o marcando ganado o simplemente no devolvían mis llamados. Estaba seriamente considerando empacar mis cosas y emprender el rumbo a Galena Pass para esquiar con unos amigos cuando mi teléfono empezó a sonar y Merrill Beyeler me invitó a conversar a su rancho.

Nos sentamos a la mesa, una pintura de un templo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuelga sobre su cabeza. Merrill habla suave y considera bien lo que quiere decir antes de abrir la boca. Me contó sobre los 15 minutos que su padre le dio para decidir si seguiría con el rancho familiar mientras un comprador interesado estaba parado en la entrada con un cheque en la mano. Él mantuvo el rancho en la familia. “Nunca me he sentido cómodo fuera de un valle en la montaña”.

Me contó sobre sus 21 años como profesor y entrenador en una escuela pública, sus ocho años como obispo mormón y de su periodo como legislador estatal Republicano por el octavo distrito de Idaho.

Varios proyectos de ley que pretendían transferir tierras públicas al estado se presentaron a la Cámara durante su último periodo como representante del estado de Idaho. Merrill se opuso a estos proyectos de transferencia. “En primer lugar”, dice, “los grandes incendios forestales como los que estamos viendo cada vez más seguido en Idaho estos días podrían acabar con todo el presupuesto del estado si estuviéramos a cargo de esas tierras”. No ve cómo podría el estado evitar venderlas si se viera en esa posición. El solo costo de mantener estas tierras públicas es más de lo que cualquier estado del Oeste podría manejar. “Si esas tierras terminan en una subasta, se las van a llevar personas con muchos recursos”, dice Merrill. “Las comunidades rurales no obtienen ningún beneficio de todo eso. Perderíamos”.

Él entiende por qué algunas personas se tientan con la idea de la transferencia de tierras. Las comunidades rurales de Idaho lo están pasando mal. La población está disminuyendo y la gente busca respuestas. “Y perder ese sentido de comunidad, eso es un sentimiento real”, concluye.

Pero Merrill tiene dudas respecto del beneficio económico a largo plazo que pregonan quienes están a favor de las transferencias. “Para mi, perder el tesoro de las tierras públicas sería sacrificar una fortuna por la promesa de un poco de efectivo en tu bolsillo”, dice. Para Merrill, caminar junto a sus nietos hasta el afloramiento rocoso cerca de las salvias que crecen en lo alto, o buscar salmones en los galachos de los tributarios del Lemhi, no son cosas a las que podemos poner precio en dólares.

Durante tres décadas, Merrill y otros rancheros del corredor del río Lemhi han trabajado por restaurar el hábitat del salmón y mitigar los impactos de la cría de ganado. Han trabajado en sus propiedades para reconectar los tributarios—algunos de los cuales han estado desconectados por 150 años—han hecho importantes ajustes a sus tácticas de irrigación y mantienen al ganado lejos de las áreas ribereñas importantes en ciertas épocas del año.

El chinook, la trucha arcoíris y la trucha degollada están volviendo a estos valles montañosas desde el océano Pacífico. “Todavía no estamos fuera de peligro, pero hemos visto algunas mejoras”, dice Merrill. Junto a los demás rancheros espera restaurar las poblaciones del salmón salvaje nativo en sus áreas de desove históricas. Esta es una tarea colosal considerando la menguada población de salmón a lo largo del estado, las ocho represas que entorpecen el camino del salmón en desove en el río Snake y todas las demás variables, incluyendo el cambio climático y las cambiantes condiciones del océano. Merrill dice que la única forma de avanzar es asegurarse de que nadie quede afuera, invitar a todos a la conversación. Este diálogo es el motivo por el que cada mes se toma el tiempo de manejar siguiendo el cañón del río Salmón hasta Challis, para reunirse con otros interesados.

El tercer martes de abril, condado de San Juan, Utah 

Me desperté esta mañana pensando en qué iba a pasar en ese edificio de piedra en la calle principal de Monticello, Utah, durante la reunión de los comisionados del condado de hoy. Hay tanta tensión en este rincón al suroeste de Utah actualmente. El Monumento Nacional Bears Ears aún está en el limbo tras la legalmente cuestionable decisión del presidente Trump de reducir la protección para el 85%. Y estas reuniones son en donde todo llega a un punto crítico.

Los distritos del condado de San Juan no fueron alterados por una orden judicial en 2018. Los límites previos fueron deslealmente dibujados para marginar el voto de los Diné (Navajo) y los Ute, a pesar del hecho de que ellos conforman la mayor población del condado de San Juan. Durante décadas, la mesa de los comisionados del condado estuvo conformada por una mayoría blanca, conservadora y mormona. Ahora, el directorio incluye a dos demócratas Diné, Kenneth Maryboy y Willie Grayeyes.

El tercer comisionado es Bruce Adams, quien hace un año había sido invitado especial en el capitolio de Salt Lake City cuando Trump anunció que iba a destruir el Monumento Nacional Bears Ears, abriendo las puertas a los intereses de la industria del petróleo, el gas y el uranio. Adams le pidió al presidente que le autografiara la blanca ala de su gran sombrero de cowboy con un “Hagamos al Condado de San Juan Magnífico Nuevamente”.

La reunión comenzó con los temas fáciles: aprobar un presupuesto para hacerse cargo de la hierba venenosa en las carreteras del condado, tomar una decisión respecto de si mejorar o no el aceite utilizado en la mantención de los vehículos del condado cambiando a uno sintético y aprobar las minutas de la última reunión. Luego, los dos comisionados Diné absorben una o dos horas de condescendencia, abuso e ira al invitar a los ciudadanos a habar.

El resto de la agenda incluye una resolución para oponerse a la reducción del monumento, una resolución para oponerse a los intentos de los legisladores conservadores de Utah para socavar la Regla Sin Camino, que ayuda a proteger del desarrollo a las áreas federales donde no hay caminos, y una decisión de llevar a cabo reuniones en áreas más rurales del condado donde las personas puedan tener acceso al gobierno de su condado y más personas nativas puedan tener la oportunidad de participar.

Maryboy tiene más de 60 años. Lleva la camisa dentro de sus elegantes jeans y su cabello, todavía negro, está bien peinado. Como nuevo presidente de la junta dirige la reunión de una forma amigable y algo estentórea. Grayeyes tiene un largo cabello gris y un bigote amigable. Sus ojos son suaves, y escucha y habla con cuidado, sopesando cada palabra.

Una señora de grandes proporciones, blanca y de mediana edad, de Monticello se sacude con enojo y sugiere que los nuevos comisionados del condado no representan a la mayoría del Condado de San Juan. Dice que está “estupefacta con la forma en que los comisionados tratan a las personas”, aparentemente inconsciente de las décadas de nula representación que han tenido los Diné, los Ute y otros grupos de nativos. Otro local de Monticello explica que “la mayor parte de la población anglo no quiere este monumento”. Y esta población es “claramente la mayoría en el condado de acuerdo a quienes están en esta habitación”. Cerca de mí, un hombre más viejo que viste overol, usa audífonos y la ha tenido difícil tratando de controlar el volumen de sus insultos raciales durante gran parte de la reunión, se levanta de su asiento para afirmar que los dos comisionados Diné solo son marionetas de los intereses ambientales foráneos.

Los comisionados del condado los escuchan a todos calma y pacientemente a pesar de la hostilidad. Maryboy y Grayeyes votarán para apoyar los límites originales del Monumento Nacional Bears Ears que cinco tribus se unieron para recomendar. Noventa y ocho porciento de los americanos que participaron del proceso de comentarios públicos también apoyan al monumento original. Adams es un “no” predecible. Los comisionados Diné son la nueva mayoría. Harán su trabajo al representar a las personas que los eligieron y a los tantos americanos que se preocupan profundamente por las tierras que ellos representan.

Mientras tanto, en algún lugar de Cedar Mesa, en el corazón de toda esta controversia, en un cañón que aún no ha sido explotado por los cazadores de tesoros, por las plataformas para gas y petróleo, por los relaves de uranio ni por hordas de entusiastas de los deportes al aire libre, un cuervo se precipita sobre los álamos, con el sonido del viento en sus plumas. En este cañón, los refugios y los petroglifos ocultos en las paredes de arenisca, la presencia de los antepasados y los poderes creativos del universo aún permanecen intactos.

Septiembre en las Aguas Limítrofes

Remamos a través de un lago calmo y perfecto, como del tamaño de dos canchas de fútbol americano. Este es uno de los tres que hay antes de llegar a nuestra ruta de salida del Área Natural para Canoas de las Aguas Limítrofes aquí en el norte de Minnesota. Hay una ligera y diáfana neblina que se eleva gentilmente desde la quietud del agua bajo el sol matutino y un denso bosque nos acompaña por ambos lados. Anoche asamos perca y grevól en la fogata, nos reímos a carcajadas y bebimos demasiado whiskey entre el retumbar de la tormenta eléctrica y el misterioso llamado del calimbo.

Partimos muy temprano por la mañana. Con tiempo de parar por un milkshake en nuestro camino de vuelta a Ely.

Ely, en Minnesota, es un antiguo pueblo minero dedicado a la extracción de taconita que ahora se ha convertido en un epicentro de la recreación al aire libre. Es el punto de partida para las expediciones y experiencias en las Aguas Limítrofes, desde remar, cazar y pescar, hasta las carreras de trineos con perros, el esquí de cross-country y la acampada invernal. Al interior de las oficinas de Campaign to Save the Boundary Waters en el centro del pueblo, el organizador regional Levi Lexvold nos muestra sobre un gran mapa el lugar donde la chilena Antofagasta Minerals recientemente recibió una concesión para extraer sulfato de cobre del río Kawishiwi en el Superior National Forest, justo en el borde de las Aguas Limítrofes.

La minería de sulfato de cobre no tiene nada que ver con la tradicional minería de hierro y taconita por la que es famoso el Iron Range. El acero que se obtiene del Iron Range es motivo de orgullo en Minnesota dado el papel que jugó al ayudar a los Estados Unidos a ganar la Segunda Guerra Mundial. Ninguna de las personas con las que conversamos tenía un gran problema con esas antiguas minas. Sin embargo, aquí nunca se ha hecho extracción de sulfato de cobre y tanto los residuos de roca como los relaves son completamente distintos. Tampoco se ha llevado a cabo, nunca, en una cuenca tan húmeda y conectada sin causar serios impactos en el sistema hídrico. En 2016, la administración Obama retiró la concesión mineral al proyecto minero Twin Metals, aludiendo a los miles de comentarios públicos en apoyo a la protección del área y a la posibilidad de que los desagües ácidos de la mina pudieran durar cientos de años, dañando los sistemas ecológicos de las prístinas Aguas Limítrofes. En 2017, la administración Trump revirtió esta decisión.

Levi está recién entrado a los 30 y luce una enmarañada cabellera pelirroja bajo su gorra de béisbol. Me muestra una foto de su barba, que fue finalista en la competencia de barbas de Ely el año anterior. Le había dado la forma de un barco vikingo. Detrás de sus lentes tiene un ojo morado, consecuencia de un desacuerdo bien tarde en la noche en una taberna local. Al parecer, un conocido sintió que la pasión de Levi por defender las Aguas Limítrofes era una afrenta a su cultura y su identidad. Algunos residentes del área apoyan la minería de cobre, sacando a relucir la larga tradición minera de la zona.

Levi se ríe de su ojo inflamado pero reconoce que la comunidad está dividida respecto a este tema. En la misma manzana en el centro de Ely vemos carteles en los patios que dicen “Apoyamos la Minería, la Minería Nos Apoya” y otros que dicen “¡Salvemos las Aguas Limítrofes! Aún así, Levi no tiene miedo de expresar su opinión. Día tras día, maneja alegremente la oficina de la Campaña para Salvar las Aguas Limítrofes, donde los visitantes llegan para mirar mapas y aprender sobre el área y el problema.

Un jueves de noviembre, a través del Rocky Mountain Front

Hoy estamos cargando madera caída para usar como leña desde tierras del Servicio Forestal que colindan con el Área Silvestre Bob Marshall junto a Hal Herring, el mejor periodista de tierras públicas en los Estados Unidos. Él reportea nuestras tierras y aguas desde la perspectiva de alguien que está completamente inmerso en la vida al interior de las tierras públicas. Ya sea que esté calentando su hogar, cazando o pescando para abastecer su congelador y alimentar a su familia, recorriendo coulees y tributarios junto a su hija en busca de cráneos de búfalo o trabajando junto a equipos de personas para restaurar hábitats nativos, Hal ha diseñado su vida para estar cerca de las tierras públicas y entregarle a su familia oportunidades de crecer cerca de la inspiración que ofrecen las montañas, los ríos y los arroyos del Rocky Mountain Front.

En la casa de Hal hay montones de libros en cada superficie disponible. Este modesto hogar en Augusta, Montana, es el repositorio de una de las más impresionantes bibliotecas dedicadas a la conservación que visto en mi vida. Para completar el cuadro, Hal tiene que estar ahí contigo bebiendo un Jack Daniels, tal vez viendo videos en YouTube sobre violentos caudillos africanos mientras te vas sumiendo en un sueño perturbador en su futón. Seguro te estás preguntando, ¿por qué vemos videos de sanguinarios caníbales en Liberia? Creo que de alguna forma ayuda a entender a Hal. Él tiene una genuina curiosidad por todo, especialmente por las motivaciones de las personas.

Cuando habla, su profundo acento de Alabama desarma cualquier pretensión, pero en seguida procede a expresarse con una formidable lucidez. Su memora es asombrosa. Puede citar a Matthiessen en At Play in the Fields of the Lord, tal vez te recite las líneas más importantes de la Ley del Agua Limpia o parafrasee el guion completo de Matewan, la película de 1987 sobre la brutalidad en contra de los trabajadores de la industria del carbón en la década de 1920. O, tal vez, solo te va a recordar algunas lecciones aprendidas en la Batalla de Stalingrado. Escuchar a Hal te hace sentir como que en verdad no has leído ni visto nada. Escucha con una completa absorción y sinceridad a cualquiera que hable con él.

Hal me contó que en su niñez, la escuela le resultaba casi imposible. Todo lo que quería era estar afuera. Dejó la secundaría antes de tiempo para irse a trabajar a un campo de naranjas en Florida y así juntar dinero para viajar y escalar. Trabajó en todo tipo de cosas que lo mantuvieran al aire libre, desde plataformas pesqueras en el Golfo de México hasta plantar árboles para Weyerhaeuser y reclamaciones mineras en Black Mesa, Arizona. Hoy en día aún dirige cuadrillas para plantar artemisa y recolecta piñas de pino canadiense para complementar sus modestos ingresos como escritor.

Hal está haciendo el muy ingrato trabajo del que depende el país: escribir sobre las grandes amenazas que enfrentan nuestras tierras públicas y entregarnos las herramientas para saber lo que realmente está pasando con nuestra tierra, nuestro aire y nuestras aguas, para luego dejarnos decidir qué vamos a hacer al respecto. A menudo dice, “No puedes recriminar a alguien por no saber aquello que nunca tuvo la oportunidad de aprender. Es mi obligación, con todo esto de las tierras públicas, el compartir todo lo que pueda”. La tenacidad de Hal por reportear la verdad en relación a estos temas es un testimonio de los ideales americanos en su máxima expresión: la oportunidad para que el público informado responsabilice a los tomadores de decisiones por las tierras públicas que todos nosotros les hemos transferido para administrar.

Cargamos el pickup de la vieja Chevy Sierra verde de Hal con un largo atado de bonitas rondas de pino mientras Booray, su labrador negro, logra encontrar su camino de regreso hacia nosotros tras una hora de correr como loco a lo largo del río. Mientras dábamos saltos por el camino del Servicio Forestal de vuelta al pueblo le pregunto qué es lo que realmente significan para él las tierras públicas. Me contesta con solo una palabra: “Libertad”.

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