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El umbral

Alejandra Oliva  /  julio 15, 2020  /  Activism, Planet

Para salvar nuestro planeta debemos enamorarnos de él. ¿Qué nos detiene?

Puede estés justo frente a la puerta, como rebotando sobre la punta de los dedos de tus pies. Tal vez este es el umbral, aquello que separa tu vida entre lo que ha sido—hasta cierto punto cómoda, fácil o poco reflexiva—y la vida que podrías tener si vivieras, comieras, vieras y sintieras cosas con el conocimiento de que el mundo está en medio de un cambio climático irrevocable, probablemente catastrófico, en medio de una docena de otros tipos de cambios catastróficos e irrevocables, y que depende de nosotros, para más o para menos, cuán catastrófico sea ese cambio.

Ahora tal vez comas carne que te llega envuelta en plástico, sin exceso de grasa, piel o huesos. Pones tus compras en bolsas de plástico súper delgado, comes plátanos de una plantación en el Caribe y mangos de México incluso en pleno invierno. Antes de la pandemia, conducías tu automóvil al trabajo todas las mañanas, los árboles a ambos lados de la carretera eran una masa indistinguible y tomabas aviones para ver diferentes partes del mundo. Tal vez eres el tipo de persona que ama estar afuera, que siente una especie de emoción al estar en medio de vastos paisajes o árboles altísimos y sabes que estas vistas son algo con lo que debes tener cuidado, así que te mantienes en senderos demarcados y llevas tu basura de vuelta contigo, pero estos lugares remotos se sienten separados del resto de tu vida, atados a un conjunto diferente de reglas, una forma diferente de existir. Estas cosas no te fueron indiferentes—algunos días, detenido en el tráfico con el olor de miles de motores alzándose a tu alrededor, pudiste ver todo su veneno elevándose en el aire—y así tu mente volvió al umbral, preguntándose qué es lo que existe más allá de este sentido de lo familiar. E incluso ahora, a medida que las limitaciones de tu mundo se han reducido a lo inmediato y profundamente familiar (tu hogar, tu vecindario, tu familia), todavía existe la preocupación de qué otros cambios más importantes aún están por venir.

Lo que te impide cruzar este umbral es el riesgo de que tu propio corazón se rompa irrevocablemente.

Pero como con todos los umbrales, hay un riesgo asociado a poner tus pies del otro lado: el riesgo de que tu vida, hasta ahora relativamente confortable y llena de comodidades modernas, de un vuelco repentino. Corres el riesgo de que las decisiones, que durante mucho tiempo fueron inconscientes, ahora requieran reflexión y atención, justo ahora, cuando tantas otras también se están volviendo complejas más allá de lo imaginable. No es que no hayas tomado decisiones difíciles antes, que no hayas complicado tu vida por un bien mayor: usaste una mascarilla, te debatiste sobre sobre si era seguro visitar a un familiar mayor o ir al supermercado u si ordenar una comida costosa a domicilio solo por un antojo. Pero sabes que lo que realmente está en riesgo ahora, lo que te impide atravesar este umbral, es el riesgo de que tu propio corazón se rompa irrevocablemente.

Dejé mi trabajo editorial y fui a la escuela de teología porque pensé que saber más sobre Dios me ayudaría a ver umbrales como este más claramente y me ayudaría a cruzarlos: siempre me ha parecido que ser una persona de fe es la forma más fácil de vivir en el mundo, y yo quería creer. Quería creer porque quería ser más virtuosa, más llena de paciencia y gracia, más segura sobre el mundo y mi lugar en él. Fui criada en un hogar creyente, pero nunca, a pesar de todos los sermones de la escuela dominical y las bendiciones a la hora de comer, había sentido algo así como una convicción, una certeza o un consuelo, solo un deseo insatisfecho.

En el libro del teólogo Howard Thurman, Disciplinas del Espíritu, él cuenta una historia sobre una mujer que temía comprometerse completamente con creer en Dios porque le temía a un llamado a transformar radicalmente su vida. Pero cuando en un momento de abandono espiritual y alegría dio el paso, resultó que todo lo que Dios realmente quería de ella era un cajón de calcetines mejor organizado, y a partir de ahí todo fue más bien fácil.

Incluso mi gloriosamente desordenado cajón de calcetines se sentía como mucho pedir para Dios. Quería seguir siendo exactamente como era, pero fiel, confortada y de alguna manera mejor.

Y así me quedé en ese umbral, esperando que los libros y las clases me ayudaran a llegar a creer y al conocimiento absoluto, todo mientras sabía que no lo harían. Pero en medio de mi anhelo se abrió una puerta diferente, y entré antes de saber lo que estaba sucediendo: me enamoré del mundo. Crecí en Nueva Inglaterra y después de años en Texas y en grandes ciudades donde la mayor cantidad de vida silvestre que veía eran árboles descuidados que crecían a intervalos regulares en la vereda, me encontré de nuevo en un lugar donde podía nombrar las plantas a mi alrededor, donde podía ver cómo la rueda de las estaciones giraba bajo mis pies en los pequeños tramos de naturaleza salvaje que encontraba en mis caminatas al campus: el hielo crepitante en el suelo y la tenue aureola verde alrededor de las ramas de los árboles, poco después el sucio amarillo verdoso de los pichones de ganso canadiense y los largos cuellos de las garzas azules que alzan el vuelo desde un árbol muerto, lilas florecidas que embriagan con su perfume enselvadas y retorcidas junto a viejos aparadores de madera, los tonos amarillos y rojizos de los árboles desde la copa hacia abajo, las ráfagas de hojas amarillas del ginkgo. Me encantó porque podía nombrarlo, porque alguna vez fue familiar y estaba lleno de la profunda extrañeza del mundo salvaje, incluso dentro de mi propio rincón en los suburbios.

Al mismo tiempo, estaba tomando clases sobre respuestas espirituales al duelo climático, sobre oración contemplativa, sobre los sacramentos de la eucaristía y el bautismo: el trigo, el agua y el vino como sagrados. Estaba leyendo el trabajo de Robin Wall Kimmerer y Annie Dillard, quienes encontraron relaciones con el mundo que los rodeaba incluso en medio de sus vecindarios semi-suburbanos, muy parecidos a los míos. Leí a Virginia Woolf, una escritora que vuelve una y otra vez a esa delgada película que separa a un ser de otro, quien sabía que “somos las palabras; nosotros somos la música; somos la cosa misma”.

Lo que me llevó a cruzar el umbral en una loca carrera hacia los brazos abiertos del mundo fue nada menos que el amor. Eso es lo que se siente estar en una relación con el mundo, cuidar y confiar el uno en el otro. No solo de humano a humano, debiéndonos mutuamente nuestra bondad, paciencia y gentileza, sino de humano a todo lo que nos rodea, debiendo la misma consideración y cuidado tanto a las briznas de hierba y las tortugas que se asolean como a nuestros vecinos. Es difícil no sentirte conmovido cuando te encuentras entre un roble rojo de 200 años y su hermana al otro lado del patio, con sus destinos tan enredados como sus raíces, o por las hormigas que transportan cargas más grandes que ellas mismas para mantener un hogar compartido, e incluso cuando un ganso te silva por acercarte demasiado a sus bebés mientras pastan.

Y sin embargo, como con todo gran amor, mi corazón estaba en juego: el invierno cuando los pichones no aparecieron en el estanque porque un período cálido en febrero significó que los huevos se pusieron demasiado temprano y ninguno sobrevivió el resto de la fría primavera. El roble rojo de 200 años de edad, desmantelado rama por rama para una expansión de la escuela y un hogar para discapacitados que tanto se necesitaba, sabiendo además que su árbol hermana sufriría y lucharía por mantenerse viva durante los años siguientes sin la mitad de su sistema de raíces. El saber que, incluso cuando mi corazón ya se rompe con las mil y una otras injusticias que hoy estamos obligados a presenciar como parte de la vida en el mundo (niños separados de sus padres en la frontera, las mezquitas y sinagogas donde la gente encuentra a Dios desfiguradas con pintura, balas y bombas, una pandemia de virus y violencia policial que arrasa con comunidades que han sufrido la peor parte del abandono social por generaciones), tendré que soportar además el tormento de los incendios forestales diezmando poblaciones de criaturas ya en peligro de extinción, de franjas de la Amazonía talada, del cambio climático alterando los rincones del mundo que conozco y amo como si fueran parte de mi familia. Ya hay tanta angustia para presenciar en el mundo, que parece una tontería inscribirme para presenciar aún más.

Y, sin embargo, no encuentro mis cajones de calcetines sino mi vida reorganizada, casi sin darme cuenta. La carne se ha desaparecido lentamente de mi dieta, la moda desechable ha sido reemplazada por un interés en telas sostenibles y prácticas de reparación. Mi cabeza está llena de nombres de las plantas y los pájaros a mi alrededor y cada primavera tengo la urgencia de hundir mis manos en la tierra, para levantar del suelo racimos de cosas verdes llenas de vida.

Una tarde, mi compañero y yo nos tumbamos sobre una manta en la extensión milagrosa de nuestro patio trasero, leyendo, con nuestro perro tendido entre nosotros. Levantamos la vista y había un conejo bebé, con la marca blanca de su frente recién desvanecida nos miró mientras avanzaba trabajosamente por la hierba y se quedó totalmente quieto, excepto por la mandíbula que se movía rápidamente. El conejo se quedó ahí, incluso cuando nuestro perro se despertó y se agitó, incluso mientras pasábamos las páginas, incluso cuando uno de nosotros se levantó para entrar a la casa en busca de vasos de agua, mirándonos y comiendo, sin temor a nuestra humanidad y nuestra torpeza. Desde nuestra manta, lo miramos de vuelta, abandonamos los libros, encantados por la forma en que se levantó sobre sus diminutas patas traseras, usó una pata delantera para inclinar un tallo de hierba hacia él, se acostó, giró y movió las orejas. Y así, una parsimoniosa tarde a la vez, es como se te viene encima.

Lo que me llevó a cruzar el umbral en una loca carrera hacia los brazos abiertos del mundo fue nada menos que el amor.

Entonces, para ti, que estás parado en el umbral, te digo esto: la única forma de hacerlo es dejarte enamorar. Observa profundamente, permítete aprender nombres y familiarízate con los hábitos, encuentra las mil pequeñas formas en que el mundo fuera de tu ventana cambia todos los días. Deja que lo agreste del lugar al que llamas hogar te corteje, deja que se arraigue profundamente. Tu corazón se romperá, pero te volverás permeable al mundo que te rodea. Permítete ser cambiado, como has cambiado al mundo; deja el cajón de los calcetines desordenado si quieres, pero presta atención a las voces que te están llamando hacia lo salvaje y su cuidado.

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