Eric Pollard picks a nice spot to chill. Virginia Lakes, California. Photo: Andrew Miller
Eric Pollard picks a nice spot to chill. Virginia Lakes, California. Photo: Andrew Miller

La última colina

By Max Hammer   |   Feb 19, 2019 February 19, 2019

Éramos ciclistas de sillón, versados en kilómetros por hora, no kilómetros por día.

Después de siete días pedaleando para esquiar, necesitábamos un día de descanso. Unas termas eran obligatorias. Recordábamos un atajo a las piscinas de Green Church, que era 14,5 kilómetros más corto que el camino por la carretera. Atajos, en caminos de tierra llenos de baches profundos sobre bicicletas cargadas con equipo de esquí y camping, no siempre son atajos.

Nuestro día de descanso se convirtió en un paseo de siete horas.

Llegamos a las termas con la puesta de sol, pero la promesa de aguas sanadoras fue destruida por bañeras llenas de personas, cuyos veloces automóviles habían derrotado a nuestros sustitutos de acero. Encontramos un descanso al lado de un Subaru llamado “Bill Murray” y nos pusimos a comer, por los días previos y los que venían por delante.

Queríamos ver el escenario más simple que no muchos ven, la vista desde el sillín. Quería reenfocar mi aproximación al esquí. Equipo, engranajes, comida, agua y la voluntad de seguir pedaleando, en lugar de empacar todo en el carro y conducir al comienzo del sendero. Empezamos en bicicleta desde Reno, Nevada, y pedaleamos hasta la base de la Sierra, cargados con equipo de esquí y snowboard, listos para hacer cumbres y bajar líneas con nuestro propio esfuerzo. Pedaleamos a través de vientos que nos azotaron de un lado a otro, cuestas interminables, caminos que nos estremecieron; y esquiamos hielo, nieve primavera y todo lo que hay entremedio. Hicimos todo el recorrido hasta la cima del Mount Whitney, el pico más alto en los 48 estados contiguos.

Estábamos tan cansados que otros esquiadores nos ganaban en la subida a las cumbres y bajaban por las líneas que teníamos en la mira. Vergonzante al principio, esta realidad se convirtió en un motivo de orgullo, en la medida que reconocíamos la razón del peso en nuestras piernas cansadas: cientos de kilómetros en bicicleta. Empezamos a marcar cada bajada como un primer descenso, porque la aproximación había comenzado en mi cada (y estaba seguro de que nadie más había pedaleado a la Sierra Oriental desde ahí). Las bicicletas nos habían hecho más lentos, enfriado nuestros espíritus competitivos y permitido que nos riéramos de nosotros mismos mientras luchábamos, a través del delirio y la fatiga, para llevar a cabo lo que para muchos de nosotros es parte del día a día: subir una colina y bajarla esquiando.

Pedalear para experimentar un lugar desde una perspectiva diferente, más lenta, no es nuevo. Pero al final de nuestro periplo en sillín por la Sierra, entendimos lo que otros antes que nosotros probablemente descubrieron: La bicicleta te cansa en el corto plazo, pero te rejuvenece con el tiempo.

Esta historia apareció originalmente en el November 2017 Patagonia catalog.